Gárgolas

Desde las alturas, las gárgolas vigilan la ciudad. Notre-Dame resplandece bajo los ojos de piedra que esperan pacientes el auge de los bestiarios y los tormentos del infierno.

Desde las alturas, las gárgolas vigilan la ciudad. Notre-Dame resplandece bajo los ojos de piedra que esperan pacientes el auge de los bestiarios y los tormentos del infierno.

 

Imagen de Nadine Doerlé en Pixabay

Words, don’t come easy

Ese día al abrir los ojos decidió que debía dejar de escribir.

Ese día al abrir los ojos decidió que debía dejar de escribir.

“Sesenta… cincuenta y nueve… cincuenta y ocho…” vio con sorpresa como en la pequeña pantalla digital del microondas donde había puesto a calentar el café de cada mañana había cambiado los números por palabras. Tal vez seguía durmiendo y no lo sabía…

Cuando se puso en marcha el autobús de camino al trabajo descubrió como el cielo empezó a llenarse de cientos, tal vez miles, de palabras en diferentes caligrafías (Sol… frescura… nube… ilusión…) que flotaban en el aire como si alguien las estuviera haciendo volar con ayuda de una bombona de helio.

Bajó del autobús en la siguiente parada viendo con estupor como el mundo a su alrededor se convertía en palabras. Salió corriendo sin pensar en la dirección, tratando de huir de aquella telaraña de letras que intentaba acorralarle.

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Llegó hasta la playa y corrió por la arena. Al poco tiempo, vio como sus pies habían sido absorbidos por palabras diminutas que se amontonaban una tras otra (calidez… suavidad… ocre… tibio…).  Empezó a llover, y vio como sobre sus manos empezaban a amontonarse las palabras (lluvia…agua…frío… triste… llanto…). Se hizo de noche y un manto de oscuridad lo cubrió todo. Y aunque no podía verlo, sentía que todo el espacio a su alrededor estaba cubierto por palabras.

Era un laberinto sin salida. Las palabras le arrancaban la piel y le perforaban los huesos. Se encogieron hasta convertirse en moléculas y consiguieron colarse en su estructura genética. Se había convertido en una historia que respiraba y caminaba con un sentido de existir.

Y sólo había una  forma de hacerlas salir de ahí.

 

Photo by Nathaniel Shuman on Unsplash

 

El 46

A veces me gusta coger el 46 para ir al aeropuerto. Sin ningún propósito, sin tarjetas de embarque.

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A veces me gusta coger el 46 para ir al aeropuerto. Sin ningún propósito, sin tarjetas de embarque.

Sólo me gusta ver la cara de la gente cargada de maletas.

Es la emoción de una nueva aventura, un destino por descubrir en un idioma desconocido…

… un nuevo proyecto, la ilusión de un amor que con los brazos abiertos espera a miles de kilómetros su llegada.

Notar como sus pies escapan de lo seguro y se dirigen con firmeza hacia el horizonte.

Veo el miedo al fracaso y el dolor por lo que dejan atrás.

Están con los pies al borde de un abismo, pero estoy convencida de que sabrán despegar a lo más alto.

Es verdad que nada es seguro, pero la incertidumbre les hará aprender.

Entre el mar de inseguridades puedo distinguir un brillo especial en los ojos, una chispa en la oscuridad…

Esa pasión que hace que los seres humanos nos sintamos vivos…

Image by Jan Vašek from Pixabay

Corazón

– ¡Qué ironía, Dorothy! ¿Cómo es posible que los hombres de hojalata deseemos tener un corazón para  poder sentir y vosotros, los seres humanos,  prefiráis tener un cascarón vacío para dejar de hacerlo? 

 


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– ¡Qué ironía, Dorothy! ¿Cómo es posible que los hombres de hojalata deseemos tener un corazón para  poder sentir y vosotros, los seres humanos,  prefiráis tener un cascarón vacío para dejar de hacerlo?  Leer más “Corazón”